Reseña de "A Roma con amor", Woody Allen



Como alguna vez escuche decir a un querido profesor, pareciera que Woody Allen en cada una de sus películas nos revela sus propios problemas psicoanalíticos. Esta vez el escenario elegido para desarrollar la terapia de la psique es Roma. Como es usual en otras películas de este director, en la película no veremos un retrato de la Roma verdadera, sino de aquella Roma de la que se enamoró Allen. 

La película entreteje cuatro historias, cuatro voces independientes que irán desarrollando motivos individuales, compartiendo y armonizándose dentro del gran escenario caótico que es Roma. 

La primera historia trata sobre un matrimonio estadounidense viajando a Roma a conocer al prometido de su hija. El romance de la recién formada pareja surge en medio de las calles de la ciudad y se consolida rápidamente. Los padres de ambos jóvenes buscan conocerse, pero a este encuentro, el padre de la novia arrastrará con él problemas no resueltos de su jubilación y deudas pendientes con su vida laboral que envolverán a las dos familias. 

Una segunda voz nos cuenta la historia de Leopoldo Pisanello, un hombre común e insignificante que, tras ansiar un lugar y un público para exponer sus opiniones, de la noche a la mañana, se vuelve famoso. Los reporteros se amontonan a su alrededor para pedir su opinión de cualquier cosa por mínima que sea. Pisanello, aunque al principio disfruta de su fama, termina por cansarse y añorar su vida anterior dónde nadie sabía quién era. Cuando una vez más su deseo es concedido y pierde su fama, se da cuenta que “La vida, a veces, es muy cruel, y no nos da satisfacciones ni a quien es rico y famoso ni a quien es pobre y desconocido. Pero ser rico y famoso es, sin duda, la mejor de las opciones.” 

El tercer motivo gira entorno a un arquitecto estadounidense que vivió en su juventud en Roma. Paseando por su antiguo barrio empieza a recordar paso a paso aquella época cuando se enamoró de la mejor amiga de su novia y todo lo que ello desencadenó. 

Finalmente, una cuarta historia nos habla de una pareja de provincianos, recién casada, que llega a Roma para pasar su luna de miel. La pareja que al inicio tiene como objetivo, quedarse a vivir el sueño citadino, se ve envuelta en una serie de peripecias que terminan por convencerlos de volver a su pequeño pueblo. 

Las cuatro historias, aunque ocurren aisladas y no se interconectan entre sí, todas pueden entenderse como partes de un gran todo, simbolizado por el lugar dónde ocurren, Roma. 

En realidad, son pocos los paisajes de la ciudad que se resaltan a lo largo de la película, más bien, lo que el director aprovecha es la atmósfera caótica de la ciudad. Un lugar dominado por el barullo de los turistas, los laberintos en sus calles, la prisa de los habitantes y el alboroto surgiendo en cualquier rincón, vuelve a Roma el escenario perfecto para verter y agitar las pequeñas deudas pendientes con nuestro, igualmente caótico, inconsciente. 

Por un lado, tendremos dos historias enfocadas en el ego. El ego profesional en el caso de Jerry y el ego personal en el caso de Leopoldo. Ambos intentarán subsanar esa carencia, ambos han estado olvidados tanto tiempo que cuando encuentran una rendija, una oportunidad dónde manifestarse, acaparan el escenario sin medir las consecuencias de sus impetuosos actos. 


Por otro lado, podemos ver dos historias enfocadas en el amor y la juventud. Vemos una historia en tiempo pasado, con Jack el arquitecto ignorando los consejos de un más experimentado John, que ahora al volver al escenario de su juventud, rememora y comprende lo que, años atrás, fue un torbellino irracional de emociones. Al mismo tiempo, la historia de los recién casados, Antonio y Milly, que al separarse experimentarán lo que hasta ese momento habían reprimido. La ciudad les dará el pretexto preciso para dar rienda suelta a su curiosidad y al mismo tiempo vislumbrar las consecuencias de perderse en el desapego emocional. 

La infidelidad, las deudas pendientes, el ego voraz, la juventud, la tentación, el amor, los impulsos y el paso del tiempo se entremezclan a lo largo de la película. Así como todos ellos conviven sincrónica y diacrónicamente dentro del individuo caótico que, aunque por momentos, como el policía de tránsito al inicio de la película, puede hacer una breve pausa para dedicar un poco de tiempo a reflexionar sobre algún tema en particular, no puede detener todo lo que ocurre a su alrededor, pues resulta imposible separarse del frenesí de su existencia. 


Ese frenesí caótico en el que nos vemos envueltos a diario, cuando logramos hacer una pequeña pausa y volvemos sobre nuestros pasos, como John el arquitecto, nos provoca inevitablemente la sensación de estar contemplando el poder de otro tiempo convertido en ruinas. La melancolía de la posibilidad perdida. Ese sentimiento depresivo que tuvo el poeta Percy Bysshe Shelley, en 1818, al encontrarse frente a la estatua de uno de los faraones más célebres del antiguo Egipto, el rey de reyes, Ramsés el Grande, también conocido como Ozymandias. 


Ozymandias 

I met a traveller from an antique land 

Who said: Two vast and trunkless legs of stone 

Stand in the desert. Near them, on the sand, 

Half sunk, a shattered visage lies, whose frown, 

And wrinkled lip, and sneer of cold command, 

Tell that its sculptor well those passions read 

Which yet survive, stamped on these lifeless things, 

The hand that mocked them and the heart that fed. 

And on the pedestal these words appear: 

"My name is Ozymandias, king of kings: 

Look on my works, ye Mighty, and despair!" 

Nothing beside remains. Round the decay 

Of that colossal wreck, boundless and bare 

The lone and level sands stretch far away. 

Conocí a un viajero de una tierra antigua 

quien dijo: «dos enormes piernas pétreas, sin su tronco 

se yerguen en el desierto. A su lado, en la arena, 

semihundido, yace un rostro hecho pedazos, cuyo ceño 

y mueca en la boca, y desdén de frío dominio, 

cuentan que su escultor comprendió bien esas pasiones 

las cuales aún sobreviven, grabadas en estos inertes objetos, 

a las manos que las tallaron y al corazón que las alimentó. 

Y en el pedestal se leen estas palabras: 

"Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes: 

¡Contemplad mis obras, poderosos, y desesperad!" 

Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia 

de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas 

se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas.

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