Reseña de "Niebla", Miguel de Unamuno

 

¿Cómo renunciar al papel de nuestra comedia?


La novela Niebla es quizás la obra más leída de Miguel de Unamuno, quien fuera el representante por excelencia de la generación española del 98. Esta novela, escrita en 1907, se incluye dentro de las novelas existencialistas que terminarían de consolidarse hasta final del siglo. Aun cuando Miguel de Unamuno, al escribir Niebla, no podía saber la angustia que recorrería a la humanidad durante las guerras venideras, en esta novela ya se aprecian la influencia del pensamiento de Kierkegaard, Nietzsche y Schopenhauer que más adelante retomarían los filósofos existencialistas como Heidegger, Marcel o Sartre.

La novela comienza cuando el protagonista, Augusto Pérez, emprende una búsqueda para explicar su existencia. El espíritu de búsqueda lo lleva a seguir a una mujer, Eugenia, a quien pretenderá amorosamente. La búsqueda del ser se transforma en una búsqueda por el amor. Al principio de la novela, Augusto, se siente envuelto en una niebla que confunde todo, pero en cuanto se declara enamorado, la niebla se disipa. Augusto asume, inconscientemente, que la única forma de demostrar que existe es representando un papel en la comedia social, en su caso, el papel del enamorado romántico. A lo largo de la novela, Augusto se propondrá demostrarse a sí mismo que en verdad está enamorado, pues ello significará demostrar también su existencia.

Aun cuando Eugenia rechaza sus sentimientos, Augusto insiste en representar su papel trágico. Pero, a diferencia del enamorado romántico, Augusto no necesariamente siente las emociones, sino que las representa como parte de su caracterización. Unamuno, con el personaje de Augusto, se burla del enamorado romántico y evidencia que los sentimientos no son suficientes para aplacar la angustia de la existencia.

Conforme avanza la trama, el protagonista, se encuentra más confundido y consternado. Augusto recibirá mensajes en los cuales intuye que la respuesta existencial que busca, no se encuentra en la justificación de su amor. Por ejemplo, la historia de Don Eloíno Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro, quien termina en un matrimonio por interés. O la historia de Don Antonio, quien termina en un matrimonio trágico por despecho. Al igual que ellos, Augusto no puede explicar su existencia a partir del amor ya que sus actos en “nombre del amor” no han sido actos genuinos, por lo tanto, no pueden revelarle las respuestas que persigue sobre la verdad de su ser. Eventualmente, Augusto, logra reconocer que su enamoramiento es falso. Se da cuenta de que su búsqueda del amor no ha sido más que un condicionamiento social y condena a la sociedad de ser “la Celestina”. No obstante, se vuelve muy difícil para él renunciar o desprenderse por completo de su actuación.

En medio de esta lucha interna, Augusto se acerca a la ciencia. En una consulta con Antolín S. Paparrigópulos, quien representa al erudito ridículamente convencido de los procedimientos racionales, este le aconseja que convierta a la mujer en su objeto de estudio. Augusto abraza el consuelo de la ciencia, se convence de la falsa promesa de la razón que afirma poder explicarlo todo, incluso su confusión existencial.

Una vez más, Unamuno pone sobre la mesa la complejidad de la angustia existencial y la ineficacia de la racionalidad para poder explicarla. Augusto, una vez más es superado por la situación: cae en el engaño de Eugenia, se compromete con ella sólo para ser abandonado el día antes de su boda. Ante el engaño, su desesperación se vuelve insoportable. Su papel le exige la única salida posible, representar su suicidio.

Buscando razones para justificar su suicidio Augusto se acerca a la filosofía, representada por Miguel de Unamuno. El autor de la novela, esta vez como personaje, le confirma al protagonista las sospechas que había venido arrastrando. Unamuno revela que la decisión de morir no es de Augusto sino suya, ya que Augusto es solamente un personaje de ficción. El autor de la novela le confirma que morirá. Una metáfora de la filosofía como puerta de entrada a la revelación existencial a partir del sentimiento trágico.

Al enfrentarse a la inminente muerte, la comedia se cae. Augusto se da cuenta de que nunca quiso morir realmente. En comparación con la finitud, sus problemas amorosos pierden totalmente el sentido. El protagonista entiende, por fin, que el problema nunca fue de carácter amoroso sino existencial. Para Augusto Pérez, es demasiado tarde. No puede renunciar al papel de la comedia de su vida y no logra separarse de la razón que lo sustenta. Es por ello que simplemente es un ente de ficción, un ente del lenguaje. Su búsqueda del ser está destinada al fracaso y por eso mismo es inevitable su muerte.

Aunque es irremediable el destino de Augusto Pérez, Unamuno nos deja entrever algunas opciones para renunciar al papel de nuestra comedia. Por un lado, Don Avito, nos cuenta como ante la muerte de su hijo, deja de lado la ciencia y se entrega a la religión, pues la espiritualidad es lo único que logra darle consuelo. Por otro lado, Víctor Goti nos propone burlarnos de nosotros mismos, la burla que engendra la duda existencial, el devorarse a uno mismo. Sólo poniéndonos en el estrado, volviéndonos un espectáculo para nosotros mismos, en otras palabras, sólo a partir de la constante evaluación de uno mismo, se lograría desarticular la comedia que representamos.

Ahora bien, lo maravilloso de esta novela, no reside únicamente en el mensaje que recibimos de la historia de Augusto. El mensaje no lograría penetrar tan profundamente en el lector si no estuviera acompañado por la estructura de planos o dimensiones que construye Miguel de Unamuno a lo largo de su novela. A partir de los diálogos Unamuno dará forma, en los primeros capítulos, a los cimientos estructurales que, posteriormente, en los capítulos finales, destruirá para desbaratar la lógica racional y estática del lenguaje.

En los primeros capítulos, la novela delimita tres planos separados entre sí. En un primer plano estarían los personajes de la novela, donde estos entablan diálogos con otros personajes, siempre sobre su situación actual, sobre su presente. En un segundo plano se encuentra el autor, que dialoga, o más bien, monologa a base de narraciones o de expresar su punto de vista. Los diálogos en este plano ocurren en un tiempo pretérito, lo que los separa espacial y temporalmente del primer plano. El tercer plano sería en dónde se encuentra el lector que, aparentemente, no tiene ninguna interacción directa ni con el autor ni con los personajes.

En un principio, los habitantes de estos tres planos no podrían entablar diálogos directos entre sí, pero conforme avanza la novela, con ligeras sugerencias o sospechas, Unamuno empezará a acortar la distancia entre estos planos. Por ejemplo, cuando Víctor describe la novela que está escribiendo, que bien podría estarse refiriendo a la misma novela que el lector tiene en sus manos. Finalmente, en el capítulo treinta, el autor se introduce en el plano de los personajes y dialoga con Augusto. Con esta conversación, el autor, no solamente elimina la separación entre planos, sino que otorga movimiento a sus habitantes para poder viajar y platicar con los personajes de otros planos. El lenguaje que usualmente es estático, Unamuno lo vuelve flexible y dinámico a partir del diálogo.

Con la premisa de que la distancia entre planos no existe y podemos movernos libremente entre ellos, se vuelve necesario preguntarnos si los personajes han dialogado con los lectores, o si el mismo Unamuno ha dialogado con nosotros en algún momento de la novela. El mensaje en la historia de Augusto logra introducirse hondamente en el lector, a partir de generar la sensación de cercanía con el autor y los personajes. A lo largo de la novela, por momentos se siente que desde las páginas emerge la mirada de Unamuno, observándonos, señalándonos. Este efecto lo logra elaborando en Niebla un gran diálogo que se encuentra en continuo movimiento entre los distintos planos de profundidad, e incluso, traspasando la temporalidad.

Unamuno nos manifiesta sus intenciones a través de Víctor:
“ —Pero ¿qué te propones con todo esto?

—Distraerte. Y además, que si, como te decía, un nivolista oculto que nos esté oyendo toma nota de nuestras palabras para reproducirlas un día, el lector de la nivola llegue a dudar, siquiera fuese un fugitivo momento, de su propia realidad de bulto y se crea a su vez no más que un personaje nivolesco, como nosotros.”
En otras palabras, Unamuno, dialoga con su lector para preguntarnos ¿hasta dónde la historia de Augusto es nuestra historia? ¿Qué tanto somos personajes interpretando un papel de comedia? La forma y el fondo se conjugan en Niebla para hacernos llegar este mensaje que, aunque desolador, también viene acompañado de las recomendaciones personales de Unamuno para poder liberarnos de dicho papel.








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